Cuento
Chirivico Moustre nació una madrugada de viento torcido, cuando el reloj del pueblo decidió atrasarse por puro capricho. Nadie sabía exactamente qué era Chirivico: algunos decían que era un niño con ojos antiguos; otros, que era un moustre, una criatura rara que solo aparece cuando el mundo necesita recordar algo importante. Caminaba descalzo, con un sombrero demasiado grande y un silbido que hacía que las cosas olvidadas despertaran.
Chirivico tenía un don extraño: podía escuchar lo que callaban los objetos. Las piedras le contaban secretos de siglos, las puertas le hablaban de despedidas, y los espejos le susurraban verdades que la gente no se atrevía a mirar. Por eso muchos le temían y otros lo buscaban, porque Chirivico Moustre no decía lo que querías oír, sino lo que necesitabas comprender.
Un día, el pueblo enfermó de prisa y olvido. Nadie se miraba a los ojos, nadie recordaba su nombre completo. Entonces Chirivico se sentó en la plaza y comenzó a silbar. El sonido era suave pero firme, como una promesa. Uno a uno, los habitantes fueron deteniéndose, respirando, recordando quiénes eran y qué amaban. No hubo aplausos ni agradecimientos; solo silencio verdadero.
Al amanecer, Chirivico Moustre ya no estaba. Solo quedó su sombrero sobre una banca y una sensación nueva en el aire: la certeza de que la magia existe, pero solo se queda el tiempo justo para enseñarnos a no olvidarnos de nosotros mismos.
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